miércoles, agosto 22, 2012

Introducción al libro Mis Generales, de Isabel Arvide
Generales que suelen obedecer en la guerra y en la paz. Generales que se suicidan en la puerta de una funeraria. Generales que nunca se divorcian de la mujer ajena. Generales que pululan por los pasillos del poder como fantasmas. Generales plenos de medallas que ganaron detrás de un escritorio.

Generales que traicionan a su compadre y lo encarcelan. Generales que son encarcelados injustamente. Generales que dirigen bancos con excelencia. Generales que son gobernadores.

Generales que son leyenda. Generales venerados por sus subordinados. Generales arquetipo de generosidad humana. Generales que son padres ejemplares. Generales asesinados por narcotraficantes.

Generalato nacional donde están apenas los que lograron esquivar las traiciones a golpe de odio y negación. Diciendo que sí. Callando. Y volviendo a callar. También trabajando, duramente, por muchas horas, todos los días.

Misterio para millones, conozco a mayor número de generales que cualquier mexicano. Los he visto llorar. Los conozco desnudos de todo. Los he padecido en sus peores horas. Los he levantado de mis amaneceres y los he corrido de mis noches.

Han sido mis aterradores padres dominantes, mis hijos más vulnerables, mis dioses inalcanzables y a ratos, solamente a ratos, mis amigos entrañables.

Vengo de ellos como quien se baja de un caballo, como quien los ha parido y a alguno le sigo hablando de usted.

Son, no puedo negarlo, seres excepcionales que se rigen por otras reglas, que caminan por veredas prohibidas haciendo lo correcto. Y viceversa.

Muchos de ellos, de todos los que he conocido, son ya hombres muy mayores. Algunos han muerto. Otros siguen con decenas de ayudantes a su servicio recordando los días en que el mundo se detenía en su presencia. Los hay que se enriquecieron en el mando superior y los que salieron del poder con los bolsillos vacíos. Unos instalados en su soberbia, otros ejemplo de humildad.

Generales hay, los menos, quienes abandonaron la vida castrense sin arrepentimiento. Otros siguen ahí como entraron, por vocación con “B” grande, de “boca”, que tiene que ver con el hambre. Asimismo entran a esta contabilidad los que nacieron para ser jefes militares, punto.

Los he amado. Los he seguido al fin del universo. Los he sacudido de mi piel sin éxito. Los he soñado en la peor pesadilla. Los he escuchado, sobre todo, los he escuchado contarme la misma historia de mil formas.

Hemos vivido en la coincidencia. Y en la discusión. En la mesa. En el desvarío extremo de la noche. En la muerte. He estado detrás de ellos, en la distancia que corresponde a las mujeres sin invitación. Ni gafete ni salvoconducto ni nada más allá que mi perseverancia necia a su lado, siempre.

A su lado, diría que sobre todo he estado a su lado. Para lo que se ha ofrecido, para pagar los precios que corresponda.

He sido amiga pública, he sido enemiga todavía más pública, de muchos generales. También de los últimos cinco Secretarios de la Defensa Nacional. Me han consentido al extremo, me han recibido de pie sin darme la mano, me han amenazado, me han investigado, me han intervenido los teléfonos, me han llevado en su avión oficial, me han invitado a comer con sus esposas, me han abierto champaña por la mañana, me han abrazado lo necesario. Antes, durante y después de su mandato.

Estas, mis historias, son conocidas ampliamente por los militares, simplemente las he transcrito así sea en forma fragmentaria.

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